En el panorama del arte argentino contemporáneo, pocas figuras han logrado articular con tanta coherencia la creación artística, la gestión cultural y el activismo social como Fernanda Laguna. Su exposición retrospectiva ‘Mi corazón es un imán (1992-2025)’, inaugurada en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) el 13 de marzo de 2026, representa no solo un reconocimiento institucional a una trayectoria de más de tres décadas, sino también la validación de un modelo de práctica artística que desdibuja sistemáticamente las fronteras entre vida y creación. La muestra, que permanecerá abierta hasta el 22 de junio de 2026, ya tiene confirmada su itinerancia al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid para marzo de 2027, consolidando la proyección internacional de una artista cuya obra ha funcionado como termómetro de las transformaciones sociales argentinas.
El desarrollo de la exposición se estructura en dos niveles del Malba, abarcando más de 200 piezas que incluyen pinturas, dibujos, collages, bordados, esculturas, publicaciones, instalaciones y videos, complementados con cuadernos, libros de poesía y novela, y material fotográfico personal. Esta amplitud formal refleja la naturaleza indisciplinada de la práctica de Laguna, quien ha transitado con naturalidad entre la literatura, las artes visuales y la gestión de espacios independientes. La muestra funciona como un mapa cronológico que permite rastrear la evolución de una estética caracterizada por la apropiación de lo cotidiano y la celebración de lo precario como valor estético y político.
La investigación histórica revela que el punto de inflexión en la trayectoria de Laguna ocurrió en el año 2000, en plena crisis económica argentina, cuando fundó la galería Belleza y Felicidad en Buenos Aires. Este espacio alternativo, gestionado por artistas, se convirtió durante años en el epicentro del arte y la literatura emergente de la ciudad, funcionando como laboratorio de experimentación y red de contención en un contexto de colapso institucional. Comparando este momento fundacional con otros hitos de la escena artística argentina, se observa que Laguna anticipó en casi dos décadas las prácticas colaborativas y comunitarias que hoy dominan el discurso curatorial internacional. Mientras las instituciones tradicionales enfrentaban la crisis con estrategias defensivas, Belleza y Felicidad proponía un modelo de autogestión que transformaba la vulnerabilidad en potencia creativa.
El análisis técnico de la exposición permite identificar tres ejes conceptuales principales en la obra de Laguna: la exploración de la identidad femenina y queer, la reivindicación de lo doméstico como espacio político, y la construcción de comunidades a través del arte. En términos formales, su producción se caracteriza por el uso deliberado de materiales humildes, técnicas artesanales como el bordado, y una paleta cromática que oscila entre la ternura pastel y la intensidad neón. Esta estética, aparentemente naif, encierra una sofisticada reflexión sobre las jerarquías del sistema artístico y las posibilidades de resistencia desde los márgenes.
Las implicancias sociales y económicas de la trayectoria de Laguna son múltiples y complejas. Por un lado, su trabajo con Belleza y Felicidad Fiorito, proyecto de activismo cultural en el barrio de Fiorito, demuestra cómo el arte puede funcionar como herramienta de transformación social en contextos de exclusión. Este proyecto, reconocido con el Art Space Grant 2024, ofrece servicios culturales que incluyen una escuela de arte contemporáneo, un comedor gourmet que alimenta a 250 personas semanalmente, un espacio expositivo, una editorial y un taller de serigrafía. Comparado con iniciativas similares en América Latina, el modelo de Laguna se distingue por su capacidad para integrar prácticas artísticas de vanguardia con necesidades comunitarias concretas, desafiando la dicotomía tradicional entre arte comprometido y arte autónomo.
Desde una perspectiva económica, la exposición en el Malba y la futura itinerancia al Reina Sofía representan un caso paradigmático de cómo las prácticas artísticas alternativas pueden eventualmente ser incorporadas al circuito institucional internacional. Este proceso plantea interrogantes sobre la capacidad del sistema artístico hegemónico para absorber y neutralizar las críticas que surgen desde sus márgenes. Sin embargo, el hecho de que Laguna mantenga simultáneamente sus proyectos comunitarios en Fiorito sugiere una estrategia de doble vía que le permite operar tanto dentro como fuera del sistema institucional.
La dimensión geopolítica de la exposición adquiere especial relevancia considerando su programación en el Reina Sofía para 2027. Esta itinerancia consolida el reconocimiento internacional del arte argentino contemporáneo y, específicamente, de un modelo de práctica artística que emerge desde el Sur global. Comparando la recepción de artistas latinoamericanas en instituciones europeas durante la última década, se observa un creciente interés por prácticas que articulan cuestiones de género, comunidad y resistencia política, tendencia de la que Laguna es tanto exponente como precursora.
El análisis de las fuentes disponibles revela que la exposición ‘Mi corazón es un imán’ no solo presenta obras individuales, sino que reconstruye ecosistemas completos de producción cultural. Los materiales documentales incluidos en la muestra –publicaciones, fotografías, archivos de proyectos comunitarios– permiten comprender la obra de Laguna como parte de una red más amplia de colaboraciones y afectos. Esta metodología curatorial refleja la propia concepción de la artista, quien en entrevistas ha declarado: ‘Yo soy un colectivo’, subrayando la naturaleza colaborativa de su práctica.
Las consecuencias a largo plazo de esta retrospectiva pueden analizarse desde múltiples ángulos. Para el campo artístico argentino, representa la validación institucional de un modelo de práctica que durante años operó en los márgenes del sistema. Para la historiografía del arte, plantea desafíos metodológicos al requerir herramientas analíticas capaces de dar cuenta de prácticas que exceden la producción de objetos para incluir la gestión de espacios, la edición de publicaciones y el activismo comunitario. Para el propio Malba, la exposición marca una línea curatorial que privilegia prácticas expandidas y comprometidas socialmente, alejándose de modelos más convencionales de exhibición.
La conclusión informativa que emerge del análisis de esta exposición es que Fernanda Laguna ha construido, a lo largo de tres décadas, un modelo de práctica artística que anticipó muchas de las preocupaciones centrales del arte contemporáneo del siglo XXI: la disolución de fronteras entre disciplinas, la reivindicación de lo colaborativo sobre lo individual, la integración de prácticas artísticas y activismos sociales, y la crítica a las jerarquías del sistema artístico desde dentro del mismo sistema. Su retrospectiva en el Malba, y su futura presentación en el Reina Sofía, no solo documentan esta trayectoria, sino que la proponen como paradigma para pensar las posibilidades del arte en contextos de crisis y transformación. La exposición funciona así como dispositivo de memoria y como proyección hacia el futuro, confirmando que el corazón de Laguna sigue siendo, efectivamente, un imán capaz de atraer y organizar comunidades en torno a la creación compartida.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
