En el umbral del siglo de vida, Margarita Fernández, pianista, maestra y performer argentina, despliega una investigación que desafía las fronteras tradicionales entre disciplinas artísticas. Su nuevo ensayo establece un diálogo improbable entre dos obras casi contemporáneas pero estéticamente opuestas: el cuento «La metamúsica» de Leopoldo Lugones y «Farben», tercera de las Cinco piezas para orquesta opus 16 de Arnold Schönberg. Este trabajo no solo confirma la vigencia intelectual de una artista nonagenaria, sino que profundiza en uno de los conceptos más revolucionarios de la música del siglo XX: la transformación del sonido en color.
La trayectoria de Margarita Fernández constituye un capítulo fundamental en la historia cultural argentina. Nacida en Buenos Aires en 1926, su carrera se ha desarrollado con una libertad creativa poco común. Co-fundadora del Grupo de Acción Instrumental durante los años setenta, Fernández ha explorado sistemáticamente los cruces entre arte, música y performance. Su figura trasciende el ámbito musical: mencionada en cuentos de Julio Cortázar, protagonista de la película «La pieza de Franz» de Alberto Fischerman, y recientemente documentada en «Medium», filme de Edgardo Cozarinsky estrenado en el festival Berlinale. Esta multiplicidad de facetas -teórica, profesora, erudita en Brahms, autora de un libro sobre Greta Garbo- converge en su actual investigación sobre la relación entre música y color.
El núcleo del ensayo de Fernández gira en torno al concepto de «Klangfarbenmelodie», término acuñado por Arnold Schönberg en su «Tratado de armonía» publicado en 1911. Traducido generalmente como «melodía de timbres» o «melodía de color tonal», este concepto representa una revolución en la percepción musical: trata el timbre como un elemento melódico independiente, otorgándole una importancia estructural equivalente a la altura, duración e intensidad de las notas. Schönberg formuló esta teoría apenas dos años después de componer su opus 16, donde «Farben» (colores en alemán) constituye una aplicación práctica del principio. La pieza, escrita en 1909, explora cambios sutiles en la instrumentación para crear una paleta sonora que se transforma gradualmente, anticipando técnicas que serían desarrolladas posteriormente por compositores como Anton Webern y la escuela serialista.
Paralelamente, Leopoldo Lugones publicó «La metamúsica» en 1910, un cuento que Fernández identifica como contraparte literaria del concepto schönberguiano. La obra de Lugones, descrita como «posiblemente uno de los cuentos más extraños» del autor argentino, relata un método aterrador de aprendizaje de solfeo que sugiere transformaciones perceptuales entre sonido y otras dimensiones sensoriales. La contemporaneidad de ambas obras -separadas por apenas un año- y su enfoque en la transustanciación sensorial constituyen el punto de partida del análisis de Fernández. La pianista no establece conexiones explícitas entre los autores, sino que propone al lector completar esos nexos después de una escucha atenta de la obra de Schönberg y una lectura detenida del relato de Lugones.
El desarrollo técnico del ensayo revela la profundidad del análisis musicológico de Fernández. «Farben» de Schönberg opera mediante lo que la teoría musical denomina «variación de timbre»: acordes estáticos cuyos colores sonoros cambian a través de modificaciones en la instrumentación, creando una sensación de movimiento sin alteración de las alturas. Esta técnica, conocida como «Klangfarbenmelodie» en su forma más pura, anticipa desarrollos que llegarían a su culminación en obras como «Gruppen» de Karlheinz Stockhausen y en la música espectral de la segunda mitad del siglo XX. Fernández analiza cómo Schönberg descompone la orquesta en grupos instrumentales que funcionan como pinceles en una paleta cromática, asignando a cada familia de instrumentos un rol específico en la creación de matices sonoros.
Desde la perspectiva literaria, «La metamúsica» de Lugones representa una exploración paralela en el ámbito de la ficción. Publicado originalmente en el diario «La Nación» en 1910 y posteriormente incluido en «Cuentos fatales» (1924), el relato pertenece al período modernista de Lugones, caracterizado por su interés en lo fantástico y lo sobrenatural. Fernández identifica en el texto preocupaciones similares a las de Schönberg: la transformación de una experiencia sensorial en otra, la búsqueda de correspondencias ocultas entre dominios perceptuales, y la exploración de los límites de la representación artística. Aunque Lugones y Schönberg ocupaban polos opuestos del espectro estético -el primero anclado en la tradición literaria hispanoamericana, el segundo revolucionando el lenguaje musical europeo- ambos convergen en su interés por expandir las posibilidades expresivas del arte.
Las implicancias de esta investigación trascienden el ámbito académico para tocar cuestiones fundamentales de la percepción humana. La sinestesia -condición neurológica en la que la estimulación de un sentido provoca experiencias automáticas en otro- ha sido documentada científicamente desde el siglo XIX. Investigaciones contemporáneas en neurociencia cognitiva han identificado correlaciones neurales entre la percepción musical y la experiencia cromática, sugiriendo que las conexiones entre sonido y color no son meramente metafóricas sino que tienen bases biológicas. El trabajo de Fernández se inserta en esta tradición interdisciplinaria que incluye figuras como Alexander Scriabin, quien desarrolló un sistema de correspondencias entre notas y colores, y Olivier Messiaen, cuya sinestesia influyó profundamente en su lenguaje compositivo.
En el contexto argentino, la investigación de Fernández adquiere dimensiones adicionales. Su trayectoria representa un puente entre generaciones: formada en la tradición clásica europea pero activa en las vanguardias latinoamericanas del siglo XX, su trabajo conecta la erudición musicológica con la experimentación performática. El Grupo de Acción Instrumental, co-fundado por Fernández, anticipó en los años setenta preocupaciones que hoy son centrales en la música contemporánea: la interacción entre intérprete y compositor, la incorporación de elementos teatrales en la ejecución musical, y la exploración de formatos híbridos que desafían las categorías tradicionales. Su ensayo actual continúa esta línea de investigación, aplicando herramientas analíticas sofisticadas a problemas estéticos fundamentales.
La conclusión que emerge del trabajo de Fernández es doble. Por un lado, confirma la vigencia de conceptos formulados hace más de un siglo: el «Klangfarbenmelodie» de Schönberg sigue siendo una herramienta analítica poderosa para comprender desarrollos musicales del siglo XXI, desde la música electroacústica hasta las instalaciones sonoras. Por otro lado, demuestra la productividad de los diálogos transdisciplinarios: la confrontación entre un cuento fantástico argentino y una pieza orquestal vienesa revela preocupaciones estéticas compartidas que trascienden fronteras geográficas y mediales. A sus casi cien años, Margarita Fernández no solo mantiene una agudeza intelectual excepcional, sino que continúa expandiendo los límites de lo que significa pensar la música en el siglo XXI. Su ensayo constituye un testimonio de que la curiosidad intelectual no tiene fecha de expiración, y de que las preguntas más profundas sobre el arte pueden seguir siendo formuladas -y respondidas- a cualquier edad.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
